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Diana dibujada

Por Cecilia Magaña


Tomas el sobre con tu nombre y lo abres. Diana está por pasar corriendo detrás de ti. Diana María, como le dice su marido: Diana María, ven acá... no me dejes hablando solo como pendejo... ¡Diana!

Los tacones se escuchan bajando las escaleras. Guardas el estado de cuenta de tu pensión en el sobre, también el pedacito que rompiste para abrirlo. Avanzas hasta los escalones despacio, aprietas el papel. Buenos días. Ella pasa a tu lado y te mira de reojo. Buenos días. Se acomoda la correa del portafolio que resbala de su hombro y jalonea una bolsa negra hasta los botes, junto a la salida del edificio.

Subes el primer escalón. Escuchas el portazo, miras hacia arriba: el marido no sale llamándola para preguntar a qué hora llega; debe estar dormido. Guardas la correspondencia en el bolsillo del suéter, donde también hay una servilleta de papel doblada en cuatro. Regresas hasta los botes de basura. El portón del edificio sigue cerrado. Te aseguras de que no haya puertas abiertas. Estiras el cuello para alcanzar a ver el fondo del pasillo. La mano derecha te tiembla. Cuando estás seguro de que nadie te observa, tomas la bolsa negra, casi abrazándola, y subes los 23 escalones. Lo haces tan rápido como te lo permiten las rodillas, perdiendo a veces de vista algún peldaño con tal de llegar pronto y esconderte. Por fin llegas, cierras con llave y te sientas en el sillón. Con la servilleta doblada secas el sudor de tu frente. La mano todavía tiembla cuando vacías el contenido de la bolsa sobre la alfombra. Remueves la basura con el pie. La extiendes para verla toda.

Encuentras un anillo, una foto de ella, pegada a un cuadro de cartón y dos bocetos que hizo el marido. Te agachas para regresar el resto a la bolsa. La dejas junto a la entrada. Ya la pondrás en el bote cuando vayas a la esquina por el periódico. Los tesoros los llevas al cuarto. Ahí ya espera Diana en las paredes, su cabello negro, largo, revoloteando en la brisa del mar que le moja los pies; Diana que juega con un perro a la entrada de una casa con zaguán, Diana sin su reloj de pulsera, recostada en un sofá. Buenos días, vuelves a decirle, mientras buscas el carrete de cinta adhesiva en el buró. Ella responde con una sonrisa débil, incluso borrosa, desde el boceto a carbón. Cortas un pedazo de cinta con los dientes. ¿Dónde te gusta? ¿En el baño o aquí junto a la cama? Alisas la orilla del dibujo contra la pared y lo pegas. El otro intento, en el que Diana ya no sonríe, lo pones debajo de la almohada. La foto queda recargada a la orilla del frutero, sobre la mesa.

Esperas a que den las nueve y te pones a bolear los zapatos de piel de tortuga. Después de la última cepillada, te los calzas y guardas el betún, el cepillo y la franela en una caja que escondes bajo el sillón. Vas hacia la mesa y acercas tu cara a la de ella, demasiado blanca por la luz del flash y tan próxima que puedes distinguir que sus ojos no son cafés, sino verde oscuro. ¿Quieres algo de la calle?, preguntas, aunque conoces la respuesta.

Al volver con el diario y una bolsa con sopa que te vendieron en la cocina económica, la encuentras mirando todo con sus ojos de lago triste y la nariz casi inexistente de tan iluminada. La llevas al sillón para escuchar el programa matutino pero ella no abre la boca: tal vez no es tristeza y más bien está enojada. A la hora de la comida, la recargas en un vaso y permites que ahora ella te examine sin hablar. Puedes sentirla observando el bigote recortado, tal vez demasiado oscuro para tu edad.

Un estruendo de música rebota en el pasillo; el esposo debe estar despierto, buscando los óleos que luego llenarán de aroma todo el corredor. Levantas la cara, como si pudieras verlo justo encima de ti. El sonido de los cajones que se vacían directamente sobre el suelo y su voz ronca, ininteligible pero violenta, parecieran caer del techo. ¿Para qué estás con él? ¿No te cansas de que grite todo el tiempo? Los pasos del marido avanzan más allá de la lámpara y después se oye el metal de la puerta. Ahí viene. Escuchas cómo baja la escalera. Tira algo a los botes. Sube otra vez. Cierra de un portazo. Ahora sí, ¿qué decías?, preguntas y esperas. Luego le avisas que vas a lavar platos. Mientras terminas con los cubiertos, la sientes tan a punto de abrir la boca, que sigues tallando el aire con tal de permanecer ahí, en la sensación de su compañía respirándote muy cerca. Es por eso que no la mueves de lugar cuando vuelves al sillón para ver el programa de concursos y evitas mirarla de cerca hasta la noche, cuando suenan sus tacones subiendo la escalera.

Antes de que empiece el noticiero, te sirves leche y la dejas reposar en la mesa para que no esté tan fría. Diana y el marido se pelean. Él dice algo de un anillo. Ella llora. Desde la ventana de la cocina, ves la luz que sale del departamento ocho e ilumina las cuatro paredes que dan al patio. Luego las sombras de los dos. Ella baja. La sombra de él no se queda quieta.

Avanzas hasta tu puerta y miras por el ojo de vidrio pero no ves nada más que la escalera vacía. Hay ruidos que parecen venir de los botes y luego la voz de la vecina, hablando con Diana. El corazón te palpita en las orejas, que aunque cada día parecen más grandes ya no te permiten entender lo que dicen. Tu mano derecha se queja. Vas a sentarte en el sillón pero no alcanzas a llegar. Tocan a la puerta. ¿Quién? Soy la vecina del ocho.

Permaneces de pie, a media estancia. Las manos cerca del pecho, apenas asomándose por las mangas del suéter, flácidas como un par de calcetines sucios. Ya no tiemblan. Necesito saber si encontró algo en la basura. Te quedas callado. Ábrame la puerta, por favor.

Recorres la cerradura y ella entra dando pasos largos, sin el portafolio, despeinada. ¿Dónde está el anillo? No tiene la expresión dormilona que te acompañaba desde las paredes. La nariz inexistente se declara aguileña y levemente colorada. La señora del cuatro me acaba de decir que lo vio en la mañana. Registra todo con la mirada. Camina hacia la recámara. Sigue hablando. Habla mucho y usa palabras que te parecen ajenas. No se preocupe por lo de la basura, a él no le importa y a mí tampoco... pero el anillo... No me va a perdonar lo del anillo. Y sigue moviéndose con prisa, torpemente, como si no reconociera los espacios donde ha pasado tantas horas.

¿Está aquí? Entra a tu cuarto y cierras los ojos, temiendo escuchar en cualquier momento los dibujos y las fotos desprendidas a tirones de las paredes. Pero sólo está su voz chillona que de pronto se calla. Debe haberlo encontrado sobre la cómoda. Sientes el aire que la sigue cuando pasa junto a ti y la escuchas murmurar algo, pero no entiendes qué.

Abres los ojos. Tomas tu llave y cierras la puerta. Muy despacio entras al cuarto. Diana ya no está. En la pared, pegados con cinta, hay una serie de papeles y etiquetas de refresco. Arrastrando las pantuflas, caminas al comedor. El vaso de leche suda frío sobre la mesa. Junto al charquito que se ha formado, un cartón cuadrado te espera para cenar. Te sientas y la silla se balancea bajo tu peso. El rechinido de madera llena el departamento. Sin levantarte, examinas las patas e identificas la que está rota. Después de unos segundos de quietud, tomas el pedazo de cartón entre tus manos. Lo doblas despacio para llenar el espacio vacío entre el suelo y la extensión de la silla.

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